domingo, 11 de junio de 2017

Las paredes del recuerdo

Ahora

Hoy he cumplido ochenta años y no sé cómo he llegado hasta aquí. Hoy he vuelto a mirar las paredes que dicen ser de mi casa y sigo viendo en ellas algo ajeno; sé que sus esquinas y los ángulos muertos son los míos; que el baño es el mismo al que en la mayoría de las ocasiones acudo por obligación, y la cocina, esa puta esquiva por mi culpa, también mantiene sus señas de identidad. No tan lejos de allí se encuentra el dormitorio… Todos esos son los espacios de mi casa, las cuatro esquinas a las que mis ojos se acostumbraron hace mucho tiempo, pero siempre hay un momento en en el que se muestran ajenas, como si reivindicaran su sitio, su derecho de propiedad ante quien consideran un usurpador.
Creo que llevo algo más de dos horas sentado en el butacón y otra vez sobrevuelan recuerdos mientras fijo la mirada, lo poco que queda de ella, en las estanterías de la biblioteca. Allí están esos otros momentos de papel luchando para no sucumbir al polvo ––no recuerdo la última vez que pasé la bayeta–– creo que le debo un repaso a Cortázar, ese viejo cabroncete que me alegró aquellos dieciocho años en los que el poco bigote y la entrepierna caliente no ayudaban mucho, pero temo que no puedo decir lo mismo de Abel Posse (barroco él); Dios mío, cómo me hizo sufrir ese novelista. Aún recuerdo las pesadillas por la indigestión de ‘Los perros del paraíso’. Y si no fue esa novela, seguro que fue otra ¿A quién coño le importa ese detalle? ¿A las paredes de mi casa? ¡Que se queden con sus recuerdos! Pero que no intenten apropiarse de los ajenos… que tal vez sean ––también–– míos.

Es verdad, esta casa nunca se ha destacado por tener una gran iluminación natural, tanto es así que me da la impresión de que los rayos solares ––los pocos que tienen a bien visitar este huequito habitable–– aceleran su paso cuando otean mis ventanas. Sé que el sol no tiene capacidad para decidir a quién le toca en suerte sus calenturas ¿si creyera lo contrario estaría dando la razón a los que carecen de ella? Tengo ochenta años, y de pura casualidad, hoy es el día en el que me felicitaron por cumplir mi primer cuarto de siglo, fue una voz proveniente del otro lado de aquel teléfono rojo que presidía el mueble junto a la habitación de mi hermano en casa de mis padres. Es cierto, el tiempo pasa. Pero eso lo descubrí hace tiempo.

Ayer y anteayer

No sé muy bien cómo decir lo que pienso cuando hablo del ayer, si el ayer no se termina por confundir con el “hace un rato que acabé de desayunar”, se acaba enredando con los besos de mi madre cuando tenía siete años u ocho o diez y a punto de cumplir los once. No, no soy de los que idealizan a los progenitores, ni a los hermanos, primos hermanos o cualquier otro hijo de la gran puta que haya compartido apellidos y casi ningún recuerdo. Lo que pasa es que sí me apetece recordar un beso, o dos besos y el olor de su cuello, de su pelo; su cariño y el respeto entre ellos dos y para con nosotros, aunque muchos años después ––y continúo con el ayer–– alguien se hiciera acreedor del más despiadado de los olvidos: y no me refiero a ninguno de los dos; mi madre y mi padre.

Fueron quince años seguidos en otra casa, con sus días y sus noches; sus desvelos ––pocos pero inolvidables–– entre otras paredes, que ajenas al principio, terminaron doblegándose a los mimos de la brocha y al roce de los cuerpos. No es fácil meter en cintura a esas paredes, esquinas y ángulos muertos que se habían acostumbrado a velas de miseria y a susurros de nada más. Hasta las puertas tienen que aprender a diferenciar que un nuevo tacto poco tiene que ver con las patadas de antaño; deben comprender que serán abiertas o cerradas porque así es su destino y no por capricho del inquilino. Es cierto, los tabiques reclaman recuerdos como suyos y a veces exudan otros ajenos por esas grietas que cauterizamos pensando que son el resultado de la acción de un mal albañil, pero es el tiempo que sigue su camino, que nos adelanta en línea continua sin mirar por el retrovisor, mientras nosotros nos pasamos de cruce de tanto que nos admiramos en el espejo. Pero esta historia iba de una casa que no era nuestra, que tampoco era mía a pesar de que la hicimos nuestra de tanto vivirla.
A eso de un kilómetro existía otra vivienda, aquella del teléfono rojo reposando en un mueble junto al cuarto de mi hermano y en la que hasta cinco personas compartimos vidas en común y alguno que otro se guardó su vida, mas, nada tenía que esconder, la decisión llegó sola, a base de ir creando la costumbre que empieza un día con la primera intimidad de consumo propio a las que se unen más intimidades de consumo propio o colectivo, pero de ese colectivo ajeno al grupo hogareño ¿un galimatías? Bah, solo un ir y venir de recuerdos ––y a lo mejor hasta de presunciones–– del último en llegar por cariño e imperativo biológico.
Mi casa, la del ayer ¿o la de anteayer con sus boliches en una cajita, su parque a medio hacer y sus descampados desechos? Creo que me refiero a ésta última porque en ella se halla el principio, siempre y cuando no se convierta en el punto y final, porque esas cosas también pasan: Casi nacer, crecer ––risas, lágrimas...–– y el resto del equipaje compuesto por, y seré breve, un dolor en la espalda, otro dolor en el mismo sitio, pero más intenso acompañado del hospital, tu cara que empieza a no entender nada, y de repente la piel toma nota de la primera catástrofe; pura devastación porque sí, así de sencillo llega la más cruel de las noches alrededor de un ataúd, y falta el aire en el que hasta entonces no habías reparado. Primera ausencia, pero ni será la última ni la peor, habiendo sido intolerable.Y en este caso recuerdo el teléfono rojo que estaba reposando en un mueble junto a la habitación de mi hermano. Llegué primero, descolgué y lo demás qué importa, cuando es el momento de regresar al cuarto, cerrar la puerta y aprender a estar un poco muerto sin que nadie lo note, ni siquiera yo.

Ahora

Los esfuerzos físicos siempre me han resultado la mar de incomprensibles, mas si te conducen por un trayecto absurdo cuyo final no es otro que obligarte a regresar al punto de partida. No debería ser el caso tras veintiséis años recorriendo los cinco metros que separan mi casa del ascensor, pero también. Cuando hace dos minutos decidí alejarme del butacón lo hice con la esperanza de cruzar el umbral y dejar que las paredes hablen de sus cosas en la más estricta intimidad; que el sol penetre hasta donde le dé la gana y que los puntos muertos sueñen con algún final aunque de griegos tengan poco. Pero he abierto la puerta y un escalofrío ha recorrido mi espalda augurando el despertar de una ausencia, de esa inconmensurable ausencia, de esa ausencia insoportable. No puedo, jamás he podido… coño, lo que ocurre es que no quiero. No puedo instalar los restos de mi alma en eso que dieron en llamar ‘la fuerza de la costumbre’.
Rendido aunque no del todo desarmado, me doy por satisfecho y regreso al butacón, no sin antes haber rendido visita al baño y su esquiva fortuna, pasar por la cocina, beber un poco de agua y mirar un instante a través de las ventanas: algunas caras han cambiado y los acentos, también. Debo recordar que la muerte pervive y nos sobrevive.
Esto se acaba ––pero no ha concluido–– y es hora de avanzar una casilla no sea que la pared del fondo reclame un espejo para desvelar mis vergüenzas, que algunas tengo. Me refiero a permanecer aquí sentado observando unas manos con las que palpo ausencias ––solo una ausencia––. Y ahora el televisor escupe una sucesión de imágenes que me encandilan desde que llegó el primer aparato de esos a mi casa, pero a la casa del teléfono rojo. Fue un acontecimiento del ayer, que sin darme cuenta me lío y sin querer se abalanza la penumbra y luego pasan cosas que no deseo que ocurran; al menos con ochenta años me he ganado el derecho ––seré gilipollas–– a pastorear los pesares y los ángulos muertos.

Ojeando uno de los cuadernos que usé para tomar notas de cada libro que pasaba por mis manos, me encuentro con: “Echó una ojeada a la chica que dormía en una de las camas […] extrajo una automática […] una Ortigies calibre 7,65. Sacó el cargador...” Es de Salinger, se publicó dos años después de comprobar cuán hijo de puta era Holden Caulfield, son nueve cuentos cuya lectura no me dejó indiferente. Ahora releo esos apuntes y envidio a Salinger, pero sobre todo, añoro la firmeza de mi trazo emborronando las páginas; lo maniático que era ––aún conservo algo–– con respecto al espacio que debía ocupar cada nota, imagino que pensando en un futuro que se iba acercando sin pedir permiso. Cómo olvidar ese picor de ojos que ahora mismo me está tocando la moral, por no decir, los cojones. Vaya por Dios, casi me quedo traspuesto revisando unos papeles repletos de recuerdos, mas debo cumplir con la promesa hecha hace mucho tiempo, me costará Dios y ayuda pero tengo que cumplir.
En primer lugar, porque por algún sitio habrá que empezar, la limpieza dará buena cuenta de todas las facturas, recibos, albaranes, certificados de risa, instrucciones de uso y la madre que los parió; de eso no quedará ni el recuerdo. Como no es muy temprano, supongo que a mis adorables vecinos no les importará disfrutar de ese sonido tan intenso que produce la destructora de documentos. No recordaré desde cuándo la tengo, ni que número hace esta ––la costumbre de comprar barato–– pero la muy cabrona convierte un folio en unas tiras la mar de finas, que no hay policía científico en el mundo que sea capaz de reconstruir el documento. He mandado a las chacaritas unos dos mil papeles, de manera que ya no queda información útil para ninguno de los cotillas que habitan el orbe cristiano. Ocurre que aún falta el trago más duro y no sé si tendré ánimos para llevarlo a efecto.
Si cuando era un tipo joven me daba grima deshacerme hasta de los dípticos publicitarios, es comprensible que eliminar para siempre cualquier vestigio de carácter personal me resulte angustioso, porque se trata de borrar mi vida, nuestra vida; esta operación quirúrgica extirpará físicamente cualquier atisbo de relación con nuestro entorno, casi, desde la más tierna infancia; dejaremos de existir porque apenas existe un congénere que se acuerde de nosotros. Y claro, no quiero que nadie meta sus manos en nuestra existencia; niego la posibilidad de que alguien husmee en lo más recóndito del alma, de nuestra alma.

No ha estado mal, el almuerzo de hoy ha cumplido con las expectativas de cualquiera ––hace tiempo que renuncié a mortificarme––. Un potaje de berros, un poco de queso picante, la copa de vino (realmente me he soplado una botella) y el postrero café, me han animado a dar un paseo por la playa sin pisar la arena, alguna mierda de perro o tener que soportar la letanía del sempiterno borrachín con ganas de filosofar ¡Coño, las viejas costumbres no se mueren ni a hostias! a pesar de lo que dijera aquel cantamañanas de Fukuyama (con más cuento que Calleja) o un tal Daniel Bell ––¿cómo dejar pasar la oportunidad de darme el pisto?–– carguemos la frase a la cuenta esa de ‘por motivos de la edad’.
Casi no puedo abrir la puerta de la casa, afortunadamente rescaté un ápice de esa pericia que nunca me caracterizó y espoleado por unas terribles ganas de mear, el portón se abrió muy a su pesar, no obstante y tal vez fruto de mis neurosis, me pareció oír el murmullo de los tabiques más próximos a la puerta. Esos cabrones aprovechan cualquier oportunidad para intentar cobrarse la deuda de sus recuerdos; ¡qué coño!, son nuestros, son míos.

Sostengo una foto entre unas manos que no tienen memoria de la artritis, es una imagen pequeña en tamaño pero inconmensurable en todo lo demás y eso se nota en mis ojos y en los latidos del corazón, un músculo de cuyo funcionamiento dude en más de una ocasión. Ahora bombea los sentimientos de manera correcta; a cada sístole con algo de penumbra le corresponde una diástole con un ápice de luz. A veces me cabreo pero de pura inercia: vicios del pasado.
Hablaba de una foto porque es el último vestigio del pasado que ha soportado los embates de la destructora de documentos, por fin, he alcanzado mi objetivo: la casa es un erial de datos, un desierto de información personal; un páramo de identidades. No hay un solo papel ni soporte electrónico que de fe de quiénes fuimos, cuántas veces reímos ni por que lugares paseamos. Sé que no es exactamente así porque cuando llegue el día habrá alguien que aporte algún que otro dato a las autoridades, pero será información básica, restos de unas migajas (sí, he dicho lo que he dicho). En definitiva, serán unos datos que emborronarán varias líneas de un documento oficial. Nada nuevo bajo el sol del triste negociado de incidencias varias.
Pues eso, que ahora, de pie en el centro del salón recorro con la vista los estantes y no veo nada que diga quién fui, que delate nuestra existencia. Cierro la puerta, recorro esos metros de pasillo hasta el ascensor y salgo a la calle en un día soleado (es mentira) y doy un paso tras otro hacia la izquierda, después cambio el rumbo y me dirijo hacia el lado contrario y como me viene ocurriendo desde hace varios años, termino dando con mis huesos en la cafetería de la esquina.
Me siento y tras saludar a quien se deja, extraigo del interior de la chaqueta un bolígrafo y un cuaderno, fijo la mirada en ellos y sin darme cuenta empiezo a escribir: Hoy he cumplido ochenta años y no sé cómo he llegado hasta aquí.”





lunes, 15 de mayo de 2017

La tiranía como fundamento liberador: Breve ensayo en negro

Me llamo Ernesto de Overdrojgen y estoy apurando los últimos días de mi existencia. Nadie podrá decir que fui una mala persona pero jamás escucharán que de boca humana salga un simple halago. Cuando muera, no solo el polvo cubrirá mi ataúd, una espesa capa de olvido se posará sobre la memoria. La mía es, simplemente, la muerte definitiva. Mas, antes de tan aciago día quiero dejar constancia de una idea por la que daría la vida, aunque mil vidas costara.
Los humanos somos una especie algo compleja —sostener lo contrario tiene buena prensa entre las hordas binarias— aunque no tanto si repasamos algunos momentos de nuestra ¿larga, intensa y llena de matices? existencia en esta bola. Me atrevo a decir que en esos episodios, las amebas e incluso las repulsivas cucarachas, nos han superado en la toma de decisiones; han demostrado una envidiosa capacidad de análisis y una pasmosa facilidad para decantarse por las decisiones adecuadas según el contexto. Mientras tanto, y en situaciones parecidas, los hombres han optado por la lágrima fácil y la búsqueda de una deidad que tuviese todas las respuestas a dudas que ni siquiera sabíamos que existieran: Los dioses, aún menos (me refiero a las dudas).
Pero este modesto introito no tiene otra justificación que la de servir de punzante introducción al tema sobre el que gravitan mis pensamientos en estos últimos tiempos, exactamente desde aquel año en el que en España hizo acto de presencia en plazas, parques, ensanches y circunvalaciones el movimiento de la gente; pero no de unos cualquieras, aquella época primaveral sirvió para expandir la semilla (abejas obreras de los quinientos euros mediante) que tras el proceso de germinación facilitó que los otrora capullos terminaran por eclosionar en coloridas flores en un hábitat la mar de divergente.
¿Y por qué estoy haciendo esta reflexión? porque un día encontré en una librería de viejo un minúsculo libro de algo más de doscientas páginas escrito, según me dijo un experto, en un Latín rudimentario. Aquel conjunto de palabras sostenía como columna vertebral la tesis según la cual el avance social sólo es factible siempre que se haya vivido bajo la más cruel de las tiranías, porque de lo contrario los hombres “nos dejamos mecer por el sopor de la vagancia” y añadía que ese era el “camino para dejar las puertas abiertas al mal que se enquistará en nuestras almas por siempre.” y concluía afirmando: “Ignorantia autem odium, et nos cace sumus.”

Algo confundido y por qué no confesarlo, también con una sonrisa de lado a lado, me perdí por frondosas alamedas meditando sobre lo que había leído cuando al pasar junto a un templo mi ojos se fijaron en una pared donde rezaba: “La mejor forma de predecir el futuro es inventarlo.” Cuando estaba buscando el sentido exacto al texto oí un grito que provenía del interior del templo, alarmado, me dirigí hasta allí ignorando —pobre imbécil— que esa decisión iba a cambiar mi vida.

Entiendo, a pesar de los reproches que me dispensó toda mi familia, que la tiranía fomenta, sin duda, la cohesión social entre los grupos que históricamente han mantenido enfrentamientos cuyos objetivos eran, por un lado, materializar la mejora de sus condiciones de vida, desde la mera supervivencia hasta consolidación de todo el corpus de derechos y obligaciones; mientras que la batalla del grupo dominante ha pivotado alrededor de no perder excesivamente o ceder lo justo dentro de un orden ––ahora lo llamarían posicionamiento estético––. Pero esa convergencia de intereses no es menos importante si nos referimos a los iguales, que por diversas razones se fueron organizando en subgrupos dizque por un plato de lentejas, o tal vez por un techo de hojalata. Vamos, que se ahondaron las contradicciones a mayor ‘gloria’ del comprador y éxtasis del vendedor.
Pero qué mejor forma de entender mi planteamiento que ilustrando lo dicho anteriormente… pero aviso que cualquier parecido con la realidad a lo peor no es pura coincidencia. No obstante, aunque muchos ejemplos salpican los anaqueles de la historia ruego cierto margen de comprensión occidental.
Imaginemos una nación próspera —pero sin pasarse— gobernada de forma alternativa por dos organizaciones políticas preocupadas por el bien común de unos pocos aunque la mayoría tuviera la percepción —alucinación colectiva— de todo lo contrario. Pues bien, esa nación prosigue su devenir histórico y sentimental mientras que en los cimientos, unos pocos que formaban parte de la estructura, hartos de esperar su turno, aprecian grietas y ¡oh diosa de la Fortuna! ven la luz: Llegó el momento de la emancipación, se acabarán las injusticias porque los que estaban bajo el yugo de los poderosos se transformarán en la bota que los aplastarán y allí surge el sátrapa de sonrisa embaucadora rodeado de un número limitado de cortesanos (hijos de puta en estado puro). Es posible que hasta el propio Darwin derramara unas lágrimas, preguntándose de qué sirvieron las fatigas en el Beagle.
Alcanzado el gran objetivo liberador y entronizado el líder, lo demás llegó por pura inercia, desde los múltiples comités para la defensa de esto, lo otro y lo de más allá, hasta el primer discurso septembrino en ese organismo supranacional validador de obviedades en cuya fachada acristalada se reflejan las aguas del East River.

Hasta llegar a la puerta del templo los gritos se habían repetido en dos ocasiones y parece que el único que se había enterado era yo si consideramos que tanto un grupo de neozelandeses en viaje cultural como otro de alumnos del cercano seminario estaban enfrascados en un intercambio de insultos dignos de una sociedad moderna. Pero cuando alguien se compromete ¿qué importa el entorno?
A mitad de camino entre la pila bautismal y el altar pude ver lo que al principio me pareció un cuerpo tendido, pero al acercarme mi corazón se encogió: entre un gran charco de sangre una mujer sangraba por el cuello mientras protegía entre sus brazos a un bebé decapitado. Y estos horrores ocurren, y hay que contarlos sin medias tintas porque yo he mirado a la muerte una y cien veces; porque me ha rozado, robado y porque la muy ramera siempre está amenazando.

De vueltas a mi ensayo y refiriéndome al asentamiento del proceso revolucionario, no puedo dejar de señalar que tanto el líder supremo como su grupo van aumentando la presión sobre los oligarcas que extrañados por semejante desatino (¿para eso financiaron a esos palurdos?) descubren, que de perdidos al río, no hay mejor pose que subirse al carromato —sobrios— y enarbolar la enseña patria que hasta ese instante era objeto decorativo. Sus hijos, nietos o hermanos con edad de merecer se enfundan pantalones vaqueros, camisetas de un blanco virginal y gritan ¡Libertad! Y se juntan con parte del pueblo; y se enfrentan a parte del pueblo y se reconvierten en sujetos que sudan glamour mientras ofrecen ruedas de prensa. Y el mundo los observa y se establecen los bandos; de las filias y las fobias no se escapan ni las vías pecuarias que van desde las islas Aleutianas hasta Ontario y desde las Malvinas pasando por Gibraltar hasta hacer parada y fonda en alguna plaza Mayor.
Del otro lado del tablero están los tiranos, que hace tiempo que incineraron sus caretas y de estupor andan: bien, gracias; reclaman la solidaridad internacional, pero esos déspotas desconocen que están incubando el virus que ralentizará, que acabará con su proyecto. No saben que han hecho las veces de catalizador entre los grupos dominante y el de servicios varios. Pero esa confluencia no es otra cosa que una alucinación cuyos efectos pasarán al día siguiente de enterrar los restos del paraíso, porque no hay mejor ocasión para unir voluntades que vivir entre tiranos: La democracia alcanza todo su sentido.

Los restos de guantes de látex y gasas además de la cinta policial que delimita la zona junto a la presencia de varias personas, conforman el decorado del templo. Y envolviendo la escena hay tanto silencio, que me atrevo a confirmar que se parece mucho al que percibía un minuto antes de que introdujesen mi cadáver en una bolsa de plástico.




viernes, 17 de febrero de 2017

Cien metros

Avanzar cien metros con la esperanza de atrapar un poco de realidad o de cómo sea que se llame, tomar notas y reiniciar el camino; esa es la única razón que me mantiene con vida, porque suponer (y eso cansa hasta la náusea) que respirar, saludar al vecino o caer en un estado comatoso gracias al alcohol es vivir, denota en quien lo piensa, un estado aún peor que el mío.

––Inconmensurable, usted es un tipo inconmensurable de esos que tanto escasean y por el que yo (en tiempos lejanos) me habría partido la cara… no me mire así, hombre, y deme unas monedas para llenar el estómago. Sea también inolvidable, al menos hasta mañana.

Y reanudo el paseo o como quiera que se llamen esos movimientos del que son responsables mis piernas y los pies… ya lo sé... y el cerebro es el rey que, a veces, no ordena como debiera y me lanza hacia una esquina cuando lo que pretendía era detenerme junto a ese banco. Un banco en un parque y junto a una fuente de cuyo caño sale un ridículo hilillo de agua que no trato de probar porque alguien me está observando y cuando sé que me miran prefiero morir de sed. Vale, resulta la mar de exagerado, pero es algo parecido a la mirada que debe tener un forense cuando en la mesa número cuatro le está esperando un cadáver y recuerda que al finalizar su turno tiene una cita con el oncólogo porque hay una molestia que no se va, que no quiere desaparecer desde aquel día…

¿Dónde se ha metido el tipo del parque? De repente me he ‘perdido’ entre una nube de pasos, he contado hasta cien y luego sin darme cuenta escribí unas líneas, levanté la cabeza y no había nadie. Claro, si es que tengo un cerebro en el que no cabe ni una cómoda minimalista y una cabeza en la que encajo un borsalino de puro milagro. Pues ahora que me he vuelto a levantar creo que iré hasta uno de los pocos sitios donde soportan mi presencia y poco les importa que yo les salude; llegar y pedir algo de comer para, concluido el rito, escribir sin embadurnar una sola cuartilla.




––Tengo tanto trabajo que no podré ir al especialista ¿para qué? si estoy seguro de que no es nada, sólo el miedo irracional al dolor propio del que somos deudores de otros que sufrieron lo indecible sin que nadie consolara sus atribulados espíritus.–– Pasa el tiempo y ese dolor que no cesa.

Bueno, creo que he cumplido por hoy sin que haya que lamentar desgracias personales, aunque sin darme cuenta he avanzado dos veces cien metros (una irregularidad que anoto en un margen de la página seis). Regreso a ese parque de la fuente con un ridículo hilillo de agua porque me coge de paso, de los pasos que doy; siento que alguien se ha fijado en mi presencia, pero esta vez me armo de valor y acepto la ‘invitación’: clavo mis ojos en él mientras sujeto firmemente el bloc. La fuente ha dejado de funcionar y el ruido que hasta hace un instante lo inundaba todo, ha cesado. Creo que esa persona se acaba de mover y ahora me atrevería a confirmar que se encuentra a unos cien metros de distancia y si no fuera porque hace tiempo me acostumbré a vivir ignorando a mis iguales, diría que por sus mejillas corre un líquido brillante (tal vez esté más cerca de lo que creo); supongo que la palabra que busco es interactuar pero en el tercer párrafo escribo “la soledad es un arma que utilizada convenientemente, destruye sin dejar huellas… ni una pizca de ADN”.
Debería reanudar la marcha pero mi cerebro, sí, ese mismo del que hablé hace un rato, no se da por aludido y prefiere estar a pierna suelta, escarranchado sin un ápice de remordimiento. El hombre que me mira baja la cabeza y saca un papel del bolsillo derecho de su chaqueta; lo ha mirado unas cuantas veces, luego se ha quitado las gafas y otra vez observo ese brillo que recorre…

––No hay mucho que añadir: metástasis. A lo mejor debería emprender un viaje o llevar el coche a la ITV, o reparar el mueble del baño o sentarme junto a los recuerdos y dejar que todo acabe; o acercarme a ese señor que está junto a la fuente. Tal vez.


lunes, 27 de junio de 2016

Un zumbido molesto

Considere irremediable todo lo que le pasará mientras esté bajo este techo; será breve, pero entienda que el asunto que nos ha convocado es personal, en mayor medida para mi, que soy la víctima de una traición. Estoy seguro de que ambos extraeremos importantes enseñanzas de estas horas, y créame cuando afirmo, que el dolor que le causaré es por, llamémosle, imperativo ético.

¿Cómo dice?.. No señor, usted no es inocente, ni siquiera por aproximación. Su responsabilidad en mi ruina está fuera de toda duda ¡Deje de lloriquear, coño!

El filete chateaubriand está en su punto y de la cerveza mejor ni hablar, pero hay un zumbido que me está jodiendo; es ese gilipollas que aún no se ha concienciado del momento histórico que le ha tocado vivir.
Por cierto, y siguiendo los consejos del médico, no me conviene abusar del agua con gas..¡Calla de una maldita vez!

No amigo, deje de mirarme con esos ojos de besugo, no puede implorar clemencia aquel cuyos actos desataron miedo y destrucción. Olvide cualquier súplica, más aún cuando veo que se ha olvidado de la terapia que me aplicó.
Fueron seis días de miedo y dolor ¿mi culpa? la de ser un inspector de Hacienda con el suficiente estómago como para no digerir el menú que sirven los amantes del poder sin fisuras; del orden con una ligera capa democrática. Nunca me ha sentado bien comer en círculos cerrados.
Dolor y odio se incubaron en mi alma, pero cuando usted se cruzó en mi camino la respuesta llegó antes que su antónimo.

¿He sido muy brusco con el taladro? Lo siento, pero lo compré hace un par de días y a estos cabrones percutores inalámbricos hay que pillarles el punto ¿le duele el brazo?
Pobrecico, seré más cuidadoso con el cuchillo estilo japonés,porque contrariamente a los tópicos, los de Letras sí estamos versados en el manejo de herramientas.

Le sigo contando. Después de zafarme de sus atentos cuidados, y con la ayuda de ese amigo del que casi todos carecemos, fui recuperando mi existencia, borré lo superfluo y grabé a fuego todo aquello que jamás se debe olvidar cuando de acabar con un hijo de la gran puta se trata.

¿Qué cómo llamaría lo que estoy haciendo? Joder, pues sin duda alguna esto no es más que la respuesta ética de un superviviente.


jueves, 17 de septiembre de 2015

Esperando respuestas, encontrando plomo


Dos disparos certeros provenientes de un 38 Especial de cuatro pulgadas dieron al traste con su vida. Una existencia que estuvo plagada de claroscuros, tantos como los que poblaban la habitación que hizo las veces de morgue.
Carlos Sánchez no poseía cualidades dignas de tal nombre, salvo que se entendiera por tales, su desmedido apego al bourbon y la querencia hacia los asesinatos, pero sólo en su fase de investigación, a pesar de cierto runrún en sentido contrario: Más de cuarenta en apenas tres años de ejercicio como subinspector de Homicidios con un resultado positivo en apenas veinte casos. Interpol dixit o no dixit
Pero el que sería su último trabajo atrapó a Carlos desde el primer instante tras recibir la llamada telefónica del oficial de guardia.
    -Un fiambre para el caballero. Muchos trozos para que el señor se tome el tiempo que le apetezca.
La escena del crimen no podía tener peor pinta: Una mujer a la que habían amputado el pie izquierdo y todos los dedos de la mano derecha. Junto a su mano izquierda, una nota con un escueto: ¿Por qué, amor?

Las pesquisas iniciales le condujeron a El Séneca, un bar cuyo único viso de legalidad estaba asociado al suministro eléctrico y si bien el resultado de su visita se limitó a las insinuaciones de un señor de moral disoluta y un par de tragos, el impertinente caballero dejó caer una sentencia:  Le pierden los excesos.
De regreso a la comisaría, Carlos no pudo apartar de su mente la imagen de Elena en medio del charco de sangre, como tampoco logró borrar la sonrisa despreciable del forense a quien estos asesinatos aburrían. Gajes del oficio, se repetía.

Pasaban cinco minutos de las dos de la mañana cuando se despertó empapado en un sudor frío. Y no, esta vez el malestar no estaba relacionado con los excesos etílicos. El madero creyó haber encontrado una pista fiable que resolviera ese crimen.
Sin pensarlo demasiado se puso en marcha dirigiendo sus pasos, otra vez, al tugurio en el que encontró al tipo con el que, horas antes, había intercambiado unas palabras. Y de todas ellas, únicamente le pierden… había suscitado su interés.
    -Vaya, el subinspector por aquí ¿Le ha gustado el ambiente minimalista?
Sánchez contuvo la sonrisa pero no así su gancho de derecha con el que sentó en la mesa al chistoso, que sin tiempo para reaccionar, se ofreció a responder las preguntas mientras que con una servilleta enjugaba unas tímidas lágrimas.
    -Mira chaval seré muy sincero: Me das las respuestas que busco o di adiós a esta plácida existencia.
Bastaron cinco minutos para que el poli viera satisfecha su curiosidad. Un tiempo que en el mejor de los casos podría transformarse en ese epílogo que todos portamos y al que se le adeuda el párrafo final.

Tras montar en el viejo Pontiac Firebird del 67 aceleró hasta un almacén junto al río. Allí vio una luz encendida hacia la que se dirigió. Lentamente, el agente se internó en el edificio sin atisbar que era una trampa.
Las luces se apagaron y Carlos sintió una punzada aguda que le hizo doblar las rodillas. Al despertar vio la macilenta cara de un tipo que cargaba el tambor de un revólver. En la lejanía, My baby just cares for me, aderezaba los minutos sin que Carlos pudiera contener una leve sonrisa.
    -Eres un verdadero hijo de puta con cierto gusto musical. Los cabrones de tu estilo casi siempre tan… Despéjame una duda ¿Por qué la asesinaste?
Es evidente que no fue la mejor actuación de su vida pero no es menos cierto que por piedad o lo que fuera, el cabrón tuvo a bien responder:
    -Jamás he soportado que nadie, ni siquiera mi madre, me llevase la contraria en ningún aspecto de mi existencia. De esta puta vida ¿Lo puedes entender? Pues Elena no lo comprendió y aún menos cuando le di el primer golpe y a pesar de su cara de incredulidad me preguntaba: ¿Por qué, amor?
Las detonaciones del viejo revólver del calibre 38 Especial de cuatro pulgadas fueron tan certeras como descorazonadora es la propia existencia.

miércoles, 12 de agosto de 2015

El trazo fino del abusón catódico (Cuando el verdugo sólo es la víctima)


Aunque no esté bien que lo diga yo, puedo afirmar sin duda alguna, que fui un niño bueno, solidario, amante de los animales y piadoso, hasta el punto, de que llegué a valorar la posibilidad de ingresar en una orden monacal. Desgraciadamente, la experiencia como monaguillo alejó de mi la inocente pretensión: El cura nunca quiso repartir el vino entre el personal eventual.
Pero como el tiempo todo lo cura (cicatriza) me refugié entre los cálidos brazos del novedoso aparato de televisión. Una caja que aún no había sucumbido a la tontería del maldito zoom de Valerio Lazarov, si bien, con Uri Geller a la vuelta de unas cucharillas.

Desde un principio tomé la decisión de no sentir un exceso de apego por las series de dibujos animados que poblaban la pantalla, creo que aquella determinación me libró de ser un adulto atrapado por innumerables mitomanías ¡Qué ingenuo he sido!
No obstante, considero que es el momento de ir al meollo de la cuestión y que en mi caso no es otro que los recuerdos animados que dejaron algunos personajes; de fino trazo unos, de insoportable existencia, otros.
Entre los primeros, se encuentran El Coyote o Silvestre. Por el contrario, el lector sagaz (entre los que se encuentra usted) habrá adivinado que el Correcaminos o Piolín ocupan un lugar destacado en el altar de la ignominia, de la mayor miseria moral que se haya dibujado hasta la fecha. Porque nunca tan pocos exhibieron tanta mala baba en 24 fotogramas por segundo.

Y empiezo por El Coyote, (Canis latrans) un bicho entrañable que junto al despreciable Correcaminos (Geococcyx californianus) vieron la luz en 1949 de la mano del animador Chuck Jones, quien para su creación se inspiró en un libro de Mark Twain titulado Roughin It en el que el inolvidable padre de Tom Sawyer señalaba la posibilidad de que coyotes hambrientos pudieran cazar correcaminos.

Resulta evidente que atrapar a semejante engendro corredor nunca pasó de una posibilidad, si se tienen en cuenta la sucesión de fracasos a los que se vio abocado El Coyote, y eso, a pesar de que usara 126 productos de la Corporación ACME: La entrega en cuerpo y alma de uno, su compromiso ante un objetivo tan básico como alimentarse, frente a la insolencia, el desprecio y el mayor de los pitorreos del Correcaminos, que vendido como graciosa víctima, siempre fue un ser despreciable. Un ave egocéntrica protegida por unos dioses a los que sólo importa; tanto ayer como ahora, defender al fuerte y condenar al eterno desaliento a quien busca el honor con el sudor de su frente. Luego hablarán de las metáforas y de otras zarandajas.

Dispuesto como estoy, por si queda alguna duda, en pasar al cobro algunas facturas, tengo a bien dirigir mi atención al universo que el maestro Friz Freleng creó en 1946. De entre todos sus hijos me detendré en la figura del gato Silvestre, un precursor de lo que tiempo después hemos dado en llamar pringao
Un ser en cuya vida se cruza un cargante pájaro canario que responde al nombre de Piolín y que convierte al minino en un alma en pena y sin bocado con el que homenajearse.
Es imposible escuchar la enervante frase: “Me pareció ver un lindo gatito” y no sufrir un ataque de ira. Además, en este caso, el gato no sólo es una clara víctima de un abusón, enano y cabezón; en el día a día de Silvestre se cruzan varios personajes que hacen de su existencia un calvario: Desde el canguro experto en boxeo que lo muele a golpes, pasando por el bulldog zumbado y acabando en la entrañable abuelita, candidata a quedarse sin la pensión ni plaza en el geriátrico.

A veces, concluir no es más que un alto en el camino, un pretexto que sirve para retomar con nuevos bríos la empresa en la que hemos puesto nuestras ilusiones. No obstante, antes de finalizar mi particular reivindicación de la memoria histórica de dibujos animados, haré parada y fonda en el muelle por donde arrastra sus miserias el infumable Popeye, nombre que en el argot de la mar anglosajona significa ojo tuerto.
El marinero de la cachimba salió del trazo del norteamericano Elzie Segar apareciendo en una famosa tira cómica en 1929, evolucionando de un papel secundario a un protagonismo abyecto. A todas luces infumable, pero que se justifica, entre otras razones, dada su afición a la ingesta de espinacas, (tan sobrevaloradas) a las que algunas malas lenguas (leyendas urbanas dixit) atribuyeron propiedades alucinógenas ¡Malditos conspiranoicos!

Pero en el universo popeyero, existen Brutus y Olivia. Ésta, atrapada en lo que podría considerarse como una existencia dual, una doctora Jekyll, una señora Hyde: verdugo ante la insistencia de quien es un sempiterno acosador, Brutus, y una evidente víctima del más rancio machismo encarnado en la figura del carahuevo de Popeye.
Un quiero y no puedo en el que un detestable Coco Liso, hijo por correspondencia del prota, (asunto que habría requerido la intervención de alguna ONG pro-infancia), participa de una existencia infame, absolutamente alopécica. Nada bueno puede esperarse de alguien, teniendo semejante espejo en el que mirarse.
De Olivia Olivo, nuestra dama, convendría decir que transita entre el postureo a lo brutus, del que huye al grito de: ¡Popeye, socorro! para tiempo después, dejarse alabar nuevamente por el salvaje y dedicando, por enésima vez, sutiles carantoñas a su actual novio. Puro estereotipo, que como sus compañeros, hizo un flaco favor a su existencia de ficción.

Llegados al final, recordaré que a pesar de los pesares y los sustos en el baño, las espinacas no tienen propiedades extraordinarias, por mucho que se afirmara que estas plantas presentaban un alto contenido en hierro. Un error, que aunque se descubrió en los años 30, no fue publicado hasta que en 1981 argumentos científicos así lo evidenciaron.
A pesar de las medias verdades verdes, una certeza acompañará el resto de mis días: Los malos modos no conocen hábitat, sea éste fruto de sutiles trazos a lápiz o hijo del más rancio ADN.

 Brutus ¿Tú también?

miércoles, 5 de agosto de 2015

El primer impulso


Algunas ilusiones evolucionan de la misma forma que nuestro esfínter: pierden la solidez inicial y degeneran hasta que no pueden contener o el bagaje de nuestra niñez o las archiconocidas secreciones. Y en esas disquisiciones andaba Walter hasta que un butacón estilo Jorge III se cruzó en su vida. Un exuberante Orejero clásico al que se había añadido un reposapiés que se extendía tras accionar una palanca ubicada en uno de sus laterales.
    No es posible, dijo, mientras contenía una sutil lágrima que amenazaba con deslizarse por alguna de sus mejillas.

Tras una adquisición algo accidentada fruto de varios malentendidos con el propietario de la tienda, entre los que (según varios testigos) hubo alguna que otra amenaza de muerte, Walter del Cristo von Update, ubicó el mueble en el salón transversal del que desalojó, sin miramientos, a un estimado amigo al que había ofrecido cobijo una década antes
    Eres un objeto inservible, decadente; un puñetero trasto inútil que ni siquiera merece una prestación contributiva.
A todas luces, cómo entenderlo de otra forma, el que fuera viejo camarada de vejaciones y exabruptos de los que habían sido objeto, sobre todo, antiguos encargados de negociados y departamentos de atención al ciudadano, había perdido todo predicamento ante un Walter mutado en ácido crítico social. Un Marvin Harris algo caníbal y rey de su casa.
    Has hecho que pierda la esperanza en el ser humano. Nunca pensé… y ahí acabó lo que se daba, porque antes de que terminara la frase, nuestro protagonista agarró por la pechera al angustiado ser y lanzó la totalidad de su cuerpo por la ventana de la segunda planta, ante la mirada atónita de una familia de ornitorrincos ¿Maltrato animal? ¿Importa la racionalidad de la acción si el ser voló? Nunca lo sabremos.

Habían transcurrido unos seis meses desde aquel episodio y la vida placentera invadía todos los poros, obstruidos o no, de un personaje al que su butacón había cambiado la existencia por completo. No sólo podía disfrutar de apacibles siestas a lo largo de los 165 centímetros que ofrecía el mueble, sino que además, descubrió una utilidad impactante: Cada vez que necesitaba incorporarse por mor de una llamada telefónica (los móviles no existían) o a causa de un esfínter juguetón, ese respaldo catapultaba su figura sin miramientos.

No es menos cierto que la falta de práctica quedó reflejada en la pared: su silueta era inconfundible, pero el paso del tiempo hizo que adquiriera una destreza digna del afamado discóbolo. Pero como siempre ocurre, desde que tenemos noción de nuestra irrelevancia en la cadena trófica, hay un maldito pero, y el de esta ocasión vino disfrazado de una insoportable ola de calor procedente del noroeste.

Tal fenómeno meteorológico obligó a Walter a variar la orientación del orejero buscando una mayor cantidad de aire; eso, más una ingesta desmedida de bebidas subidas de tono, provocaron un ligero caos en la coordinación de movimientos, impulsando por completo a Walter del Cristo von Update por la misma ventana que antaño vio partir a su amigo del alma.