domingo, 23 de julio de 2017

El laberinto de un insensible

Su aproximación a la papelera fue digna candidata --o incuestionable ganadora-- de una tesis sobre la arrogancia.


Tras una breve pausa, acompañada de un sutil movimiento de muñeca, dejó caer dentro del recipiente el que instantes antes fuera el envoltorio de unas grageas para la tos. La dama hizo un breve apunte al estilo de los que Mahler concluyó; vamos, cual si fuera uno de sus lieder y quienes desde el patio de butacas fuimos privilegiados espectadores, nos miramos durante unos instantes y sin emitir sonido alguno concluimos que aquel momento debía ser borrado de nuestros tristes cerebros, porque no todo lo que aparenta interés conviene que ocupe el mínimo espacio sinóptico.

                                          

domingo, 11 de junio de 2017

Las paredes del recuerdo

Ahora

Hoy he cumplido ochenta años y no sé cómo he llegado hasta aquí. Hoy he vuelto a mirar las paredes que dicen ser de mi casa y sigo viendo en ellas algo ajeno; sé que sus esquinas y los ángulos muertos son los míos; que el baño es el mismo al que en la mayoría de las ocasiones acudo por obligación, y la cocina, esa puta esquiva por mi culpa, también mantiene sus señas de identidad. No tan lejos de allí se encuentra el dormitorio… Todos esos son los espacios de mi casa, las cuatro esquinas a las que mis ojos se acostumbraron hace mucho tiempo, pero siempre hay un momento en en el que se muestran ajenas, como si reivindicaran su sitio, su derecho de propiedad ante quien consideran un usurpador.
Creo que llevo algo más de dos horas sentado en el butacón y otra vez sobrevuelan recuerdos mientras fijo la mirada, lo poco que queda de ella, en las estanterías de la biblioteca. Allí están esos otros momentos de papel luchando para no sucumbir al polvo ––no recuerdo la última vez que pasé la bayeta–– creo que le debo un repaso a Cortázar, ese viejo cabroncete que me alegró aquellos dieciocho años en los que el poco bigote y la entrepierna caliente no ayudaban mucho, pero temo que no puedo decir lo mismo de Abel Posse (barroco él); Dios mío, cómo me hizo sufrir ese novelista. Aún recuerdo las pesadillas por la indigestión de ‘Los perros del paraíso’. Y si no fue esa novela, seguro que fue otra ¿A quién coño le importa ese detalle? ¿A las paredes de mi casa? ¡Que se queden con sus recuerdos! Pero que no intenten apropiarse de los ajenos… que tal vez sean ––también–– míos.

Es verdad, esta casa nunca se ha destacado por tener una gran iluminación natural, tanto es así que me da la impresión de que los rayos solares ––los pocos que tienen a bien visitar este huequito habitable–– aceleran su paso cuando otean mis ventanas. Sé que el sol no tiene capacidad para decidir a quién le toca en suerte sus calenturas ¿si creyera lo contrario estaría dando la razón a los que carecen de ella? Tengo ochenta años, y de pura casualidad, hoy es el día en el que me felicitaron por cumplir mi primer cuarto de siglo, fue una voz proveniente del otro lado de aquel teléfono rojo que presidía el mueble junto a la habitación de mi hermano en casa de mis padres. Es cierto, el tiempo pasa. Pero eso lo descubrí hace tiempo.

Ayer y anteayer

No sé muy bien cómo decir lo que pienso cuando hablo del ayer, si el ayer no se termina por confundir con el “hace un rato que acabé de desayunar”, se acaba enredando con los besos de mi madre cuando tenía siete años u ocho o diez y a punto de cumplir los once. No, no soy de los que idealizan a los progenitores, ni a los hermanos, primos hermanos o cualquier otro hijo de la gran puta que haya compartido apellidos y casi ningún recuerdo. Lo que pasa es que sí me apetece recordar un beso, o dos besos y el olor de su cuello, de su pelo; su cariño y el respeto entre ellos dos y para con nosotros, aunque muchos años después ––y continúo con el ayer–– alguien se hiciera acreedor del más despiadado de los olvidos: y no me refiero a ninguno de los dos; mi madre y mi padre.

Fueron quince años seguidos en otra casa, con sus días y sus noches; sus desvelos ––pocos pero inolvidables–– entre otras paredes, que ajenas al principio, terminaron doblegándose a los mimos de la brocha y al roce de los cuerpos. No es fácil meter en cintura a esas paredes, esquinas y ángulos muertos que se habían acostumbrado a velas de miseria y a susurros de nada más. Hasta las puertas tienen que aprender a diferenciar que un nuevo tacto poco tiene que ver con las patadas de antaño; deben comprender que serán abiertas o cerradas porque así es su destino y no por capricho del inquilino. Es cierto, los tabiques reclaman recuerdos como suyos y a veces exudan otros ajenos por esas grietas que cauterizamos pensando que son el resultado de la acción de un mal albañil, pero es el tiempo que sigue su camino, que nos adelanta en línea continua sin mirar por el retrovisor, mientras nosotros nos pasamos de cruce de tanto que nos admiramos en el espejo. Pero esta historia iba de una casa que no era nuestra, que tampoco era mía a pesar de que la hicimos nuestra de tanto vivirla.
A eso de un kilómetro existía otra vivienda, aquella del teléfono rojo reposando en un mueble junto al cuarto de mi hermano y en la que hasta cinco personas compartimos vidas en común y alguno que otro se guardó su vida, mas, nada tenía que esconder, la decisión llegó sola, a base de ir creando la costumbre que empieza un día con la primera intimidad de consumo propio a las que se unen más intimidades de consumo propio o colectivo, pero de ese colectivo ajeno al grupo hogareño ¿un galimatías? Bah, solo un ir y venir de recuerdos ––y a lo mejor hasta de presunciones–– del último en llegar por cariño e imperativo biológico.
Mi casa, la del ayer ¿o la de anteayer con sus boliches en una cajita, su parque a medio hacer y sus descampados desechos? Creo que me refiero a ésta última porque en ella se halla el principio, siempre y cuando no se convierta en el punto y final, porque esas cosas también pasan: Casi nacer, crecer ––risas, lágrimas...–– y el resto del equipaje compuesto por, y seré breve, un dolor en la espalda, otro dolor en el mismo sitio, pero más intenso acompañado del hospital, tu cara que empieza a no entender nada, y de repente la piel toma nota de la primera catástrofe; pura devastación porque sí, así de sencillo llega la más cruel de las noches alrededor de un ataúd, y falta el aire en el que hasta entonces no habías reparado. Primera ausencia, pero ni será la última ni la peor, habiendo sido intolerable.Y en este caso recuerdo el teléfono rojo que estaba reposando en un mueble junto a la habitación de mi hermano. Llegué primero, descolgué y lo demás qué importa, cuando es el momento de regresar al cuarto, cerrar la puerta y aprender a estar un poco muerto sin que nadie lo note, ni siquiera yo.

Ahora

Los esfuerzos físicos siempre me han resultado la mar de incomprensibles, mas si te conducen por un trayecto absurdo cuyo final no es otro que obligarte a regresar al punto de partida. No debería ser el caso tras veintiséis años recorriendo los cinco metros que separan mi casa del ascensor, pero también. Cuando hace dos minutos decidí alejarme del butacón lo hice con la esperanza de cruzar el umbral y dejar que las paredes hablen de sus cosas en la más estricta intimidad; que el sol penetre hasta donde le dé la gana y que los puntos muertos sueñen con algún final aunque de griegos tengan poco. Pero he abierto la puerta y un escalofrío ha recorrido mi espalda augurando el despertar de una ausencia, de esa inconmensurable ausencia, de esa ausencia insoportable. No puedo, jamás he podido… coño, lo que ocurre es que no quiero. No puedo instalar los restos de mi alma en eso que dieron en llamar ‘la fuerza de la costumbre’.
Rendido aunque no del todo desarmado, me doy por satisfecho y regreso al butacón, no sin antes haber rendido visita al baño y su esquiva fortuna, pasar por la cocina, beber un poco de agua y mirar un instante a través de las ventanas: algunas caras han cambiado y los acentos, también. Debo recordar que la muerte pervive y nos sobrevive.
Esto se acaba ––pero no ha concluido–– y es hora de avanzar una casilla no sea que la pared del fondo reclame un espejo para desvelar mis vergüenzas, que algunas tengo. Me refiero a permanecer aquí sentado observando unas manos con las que palpo ausencias ––solo una ausencia––. Y ahora el televisor escupe una sucesión de imágenes que me encandilan desde que llegó el primer aparato de esos a mi casa, pero a la casa del teléfono rojo. Fue un acontecimiento del ayer, que sin darme cuenta me lío y sin querer se abalanza la penumbra y luego pasan cosas que no deseo que ocurran; al menos con ochenta años me he ganado el derecho ––seré gilipollas–– a pastorear los pesares y los ángulos muertos.

Ojeando uno de los cuadernos que usé para tomar notas de cada libro que pasaba por mis manos, me encuentro con: “Echó una ojeada a la chica que dormía en una de las camas […] extrajo una automática […] una Ortigies calibre 7,65. Sacó el cargador...” Es de Salinger, se publicó dos años después de comprobar cuán hijo de puta era Holden Caulfield, son nueve cuentos cuya lectura no me dejó indiferente. Ahora releo esos apuntes y envidio a Salinger, pero sobre todo, añoro la firmeza de mi trazo emborronando las páginas; lo maniático que era ––aún conservo algo–– con respecto al espacio que debía ocupar cada nota, imagino que pensando en un futuro que se iba acercando sin pedir permiso. Cómo olvidar ese picor de ojos que ahora mismo me está tocando la moral, por no decir, los cojones. Vaya por Dios, casi me quedo traspuesto revisando unos papeles repletos de recuerdos, mas debo cumplir con la promesa hecha hace mucho tiempo, me costará Dios y ayuda pero tengo que cumplir.
En primer lugar, porque por algún sitio habrá que empezar, la limpieza dará buena cuenta de todas las facturas, recibos, albaranes, certificados de risa, instrucciones de uso y la madre que los parió; de eso no quedará ni el recuerdo. Como no es muy temprano, supongo que a mis adorables vecinos no les importará disfrutar de ese sonido tan intenso que produce la destructora de documentos. No recordaré desde cuándo la tengo, ni que número hace esta ––la costumbre de comprar barato–– pero la muy cabrona convierte un folio en unas tiras la mar de finas, que no hay policía científico en el mundo que sea capaz de reconstruir el documento. He mandado a las chacaritas unos dos mil papeles, de manera que ya no queda información útil para ninguno de los cotillas que habitan el orbe cristiano. Ocurre que aún falta el trago más duro y no sé si tendré ánimos para llevarlo a efecto.
Si cuando era un tipo joven me daba grima deshacerme hasta de los dípticos publicitarios, es comprensible que eliminar para siempre cualquier vestigio de carácter personal me resulte angustioso, porque se trata de borrar mi vida, nuestra vida; esta operación quirúrgica extirpará físicamente cualquier atisbo de relación con nuestro entorno, casi, desde la más tierna infancia; dejaremos de existir porque apenas existe un congénere que se acuerde de nosotros. Y claro, no quiero que nadie meta sus manos en nuestra existencia; niego la posibilidad de que alguien husmee en lo más recóndito del alma, de nuestra alma.

No ha estado mal, el almuerzo de hoy ha cumplido con las expectativas de cualquiera ––hace tiempo que renuncié a mortificarme––. Un potaje de berros, un poco de queso picante, la copa de vino (realmente me he soplado una botella) y el postrero café, me han animado a dar un paseo por la playa sin pisar la arena, alguna mierda de perro o tener que soportar la letanía del sempiterno borrachín con ganas de filosofar ¡Coño, las viejas costumbres no se mueren ni a hostias! a pesar de lo que dijera aquel cantamañanas de Fukuyama (con más cuento que Calleja) o un tal Daniel Bell ––¿cómo dejar pasar la oportunidad de darme el pisto?–– carguemos la frase a la cuenta esa de ‘por motivos de la edad’.
Casi no puedo abrir la puerta de la casa, afortunadamente rescaté un ápice de esa pericia que nunca me caracterizó y espoleado por unas terribles ganas de mear, el portón se abrió muy a su pesar, no obstante y tal vez fruto de mis neurosis, me pareció oír el murmullo de los tabiques más próximos a la puerta. Esos cabrones aprovechan cualquier oportunidad para intentar cobrarse la deuda de sus recuerdos; ¡qué coño!, son nuestros, son míos.

Sostengo una foto entre unas manos que no tienen memoria de la artritis, es una imagen pequeña en tamaño pero inconmensurable en todo lo demás y eso se nota en mis ojos y en los latidos del corazón, un músculo de cuyo funcionamiento dude en más de una ocasión. Ahora bombea los sentimientos de manera correcta; a cada sístole con algo de penumbra le corresponde una diástole con un ápice de luz. A veces me cabreo pero de pura inercia: vicios del pasado.
Hablaba de una foto porque es el último vestigio del pasado que ha soportado los embates de la destructora de documentos, por fin, he alcanzado mi objetivo: la casa es un erial de datos, un desierto de información personal; un páramo de identidades. No hay un solo papel ni soporte electrónico que de fe de quiénes fuimos, cuántas veces reímos ni por que lugares paseamos. Sé que no es exactamente así porque cuando llegue el día habrá alguien que aporte algún que otro dato a las autoridades, pero será información básica, restos de unas migajas (sí, he dicho lo que he dicho). En definitiva, serán unos datos que emborronarán varias líneas de un documento oficial. Nada nuevo bajo el sol del triste negociado de incidencias varias.
Pues eso, que ahora, de pie en el centro del salón recorro con la vista los estantes y no veo nada que diga quién fui, que delate nuestra existencia. Cierro la puerta, recorro esos metros de pasillo hasta el ascensor y salgo a la calle en un día soleado (es mentira) y doy un paso tras otro hacia la izquierda, después cambio el rumbo y me dirijo hacia el lado contrario y como me viene ocurriendo desde hace varios años, termino dando con mis huesos en la cafetería de la esquina.
Me siento y tras saludar a quien se deja, extraigo del interior de la chaqueta un bolígrafo y un cuaderno, fijo la mirada en ellos y sin darme cuenta empiezo a escribir: Hoy he cumplido ochenta años y no sé cómo he llegado hasta aquí.”





lunes, 15 de mayo de 2017

La tiranía como fundamento liberador: Breve ensayo en negro

Me llamo Ernesto de Overdrojgen y estoy apurando los últimos días de mi existencia. Nadie podrá decir que fui una mala persona pero jamás escucharán que de boca humana salga un simple halago. Cuando muera, no solo el polvo cubrirá mi ataúd, una espesa capa de olvido se posará sobre la memoria. La mía es, simplemente, la muerte definitiva. Mas, antes de tan aciago día quiero dejar constancia de una idea por la que daría la vida, aunque mil vidas costara.
Los humanos somos una especie algo compleja —sostener lo contrario tiene buena prensa entre las hordas binarias— aunque no tanto si repasamos algunos momentos de nuestra ¿larga, intensa y llena de matices? existencia en esta bola. Me atrevo a decir que en esos episodios, las amebas e incluso las repulsivas cucarachas, nos han superado en la toma de decisiones; han demostrado una envidiosa capacidad de análisis y una pasmosa facilidad para decantarse por las decisiones adecuadas según el contexto. Mientras tanto, y en situaciones parecidas, los hombres han optado por la lágrima fácil y la búsqueda de una deidad que tuviese todas las respuestas a dudas que ni siquiera sabíamos que existieran: Los dioses, aún menos (me refiero a las dudas).
Pero este modesto introito no tiene otra justificación que la de servir de punzante introducción al tema sobre el que gravitan mis pensamientos en estos últimos tiempos, exactamente desde aquel año en el que en España hizo acto de presencia en plazas, parques, ensanches y circunvalaciones el movimiento de la gente; pero no de unos cualquieras, aquella época primaveral sirvió para expandir la semilla (abejas obreras de los quinientos euros mediante) que tras el proceso de germinación facilitó que los otrora capullos terminaran por eclosionar en coloridas flores en un hábitat la mar de divergente.
¿Y por qué estoy haciendo esta reflexión? porque un día encontré en una librería de viejo un minúsculo libro de algo más de doscientas páginas escrito, según me dijo un experto, en un Latín rudimentario. Aquel conjunto de palabras sostenía como columna vertebral la tesis según la cual el avance social sólo es factible siempre que se haya vivido bajo la más cruel de las tiranías, porque de lo contrario los hombres “nos dejamos mecer por el sopor de la vagancia” y añadía que ese era el “camino para dejar las puertas abiertas al mal que se enquistará en nuestras almas por siempre.” y concluía afirmando: “Ignorantia autem odium, et nos cace sumus.”

Algo confundido y por qué no confesarlo, también con una sonrisa de lado a lado, me perdí por frondosas alamedas meditando sobre lo que había leído cuando al pasar junto a un templo mi ojos se fijaron en una pared donde rezaba: “La mejor forma de predecir el futuro es inventarlo.” Cuando estaba buscando el sentido exacto al texto oí un grito que provenía del interior del templo, alarmado, me dirigí hasta allí ignorando —pobre imbécil— que esa decisión iba a cambiar mi vida.

Entiendo, a pesar de los reproches que me dispensó toda mi familia, que la tiranía fomenta, sin duda, la cohesión social entre los grupos que históricamente han mantenido enfrentamientos cuyos objetivos eran, por un lado, materializar la mejora de sus condiciones de vida, desde la mera supervivencia hasta consolidación de todo el corpus de derechos y obligaciones; mientras que la batalla del grupo dominante ha pivotado alrededor de no perder excesivamente o ceder lo justo dentro de un orden ––ahora lo llamarían posicionamiento estético––. Pero esa convergencia de intereses no es menos importante si nos referimos a los iguales, que por diversas razones se fueron organizando en subgrupos dizque por un plato de lentejas, o tal vez por un techo de hojalata. Vamos, que se ahondaron las contradicciones a mayor ‘gloria’ del comprador y éxtasis del vendedor.
Pero qué mejor forma de entender mi planteamiento que ilustrando lo dicho anteriormente… pero aviso que cualquier parecido con la realidad a lo peor no es pura coincidencia. No obstante, aunque muchos ejemplos salpican los anaqueles de la historia ruego cierto margen de comprensión occidental.
Imaginemos una nación próspera —pero sin pasarse— gobernada de forma alternativa por dos organizaciones políticas preocupadas por el bien común de unos pocos aunque la mayoría tuviera la percepción —alucinación colectiva— de todo lo contrario. Pues bien, esa nación prosigue su devenir histórico y sentimental mientras que en los cimientos, unos pocos que formaban parte de la estructura, hartos de esperar su turno, aprecian grietas y ¡oh diosa de la Fortuna! ven la luz: Llegó el momento de la emancipación, se acabarán las injusticias porque los que estaban bajo el yugo de los poderosos se transformarán en la bota que los aplastarán y allí surge el sátrapa de sonrisa embaucadora rodeado de un número limitado de cortesanos (hijos de puta en estado puro). Es posible que hasta el propio Darwin derramara unas lágrimas, preguntándose de qué sirvieron las fatigas en el Beagle.
Alcanzado el gran objetivo liberador y entronizado el líder, lo demás llegó por pura inercia, desde los múltiples comités para la defensa de esto, lo otro y lo de más allá, hasta el primer discurso septembrino en ese organismo supranacional validador de obviedades en cuya fachada acristalada se reflejan las aguas del East River.

Hasta llegar a la puerta del templo los gritos se habían repetido en dos ocasiones y parece que el único que se había enterado era yo si consideramos que tanto un grupo de neozelandeses en viaje cultural como otro de alumnos del cercano seminario estaban enfrascados en un intercambio de insultos dignos de una sociedad moderna. Pero cuando alguien se compromete ¿qué importa el entorno?
A mitad de camino entre la pila bautismal y el altar pude ver lo que al principio me pareció un cuerpo tendido, pero al acercarme mi corazón se encogió: entre un gran charco de sangre una mujer sangraba por el cuello mientras protegía entre sus brazos a un bebé decapitado. Y estos horrores ocurren, y hay que contarlos sin medias tintas porque yo he mirado a la muerte una y cien veces; porque me ha rozado, robado y porque la muy ramera siempre está amenazando.

De vueltas a mi ensayo y refiriéndome al asentamiento del proceso revolucionario, no puedo dejar de señalar que tanto el líder supremo como su grupo van aumentando la presión sobre los oligarcas que extrañados por semejante desatino (¿para eso financiaron a esos palurdos?) descubren, que de perdidos al río, no hay mejor pose que subirse al carromato —sobrios— y enarbolar la enseña patria que hasta ese instante era objeto decorativo. Sus hijos, nietos o hermanos con edad de merecer se enfundan pantalones vaqueros, camisetas de un blanco virginal y gritan ¡Libertad! Y se juntan con parte del pueblo; y se enfrentan a parte del pueblo y se reconvierten en sujetos que sudan glamour mientras ofrecen ruedas de prensa. Y el mundo los observa y se establecen los bandos; de las filias y las fobias no se escapan ni las vías pecuarias que van desde las islas Aleutianas hasta Ontario y desde las Malvinas pasando por Gibraltar hasta hacer parada y fonda en alguna plaza Mayor.
Del otro lado del tablero están los tiranos, que hace tiempo que incineraron sus caretas y de estupor andan: bien, gracias; reclaman la solidaridad internacional, pero esos déspotas desconocen que están incubando el virus que ralentizará, que acabará con su proyecto. No saben que han hecho las veces de catalizador entre los grupos dominante y el de servicios varios. Pero esa confluencia no es otra cosa que una alucinación cuyos efectos pasarán al día siguiente de enterrar los restos del paraíso, porque no hay mejor ocasión para unir voluntades que vivir entre tiranos: La democracia alcanza todo su sentido.

Los restos de guantes de látex y gasas además de la cinta policial que delimita la zona junto a la presencia de varias personas, conforman el decorado del templo. Y envolviendo la escena hay tanto silencio, que me atrevo a confirmar que se parece mucho al que percibía un minuto antes de que introdujesen mi cadáver en una bolsa de plástico.




viernes, 17 de febrero de 2017

Cien metros

Avanzar cien metros con la esperanza de atrapar un poco de realidad o de cómo sea que se llame, tomar notas y reiniciar el camino; esa es la única razón que me mantiene con vida, porque suponer (y eso cansa hasta la náusea) que respirar, saludar al vecino o caer en un estado comatoso gracias al alcohol es vivir, denota en quien lo piensa, un estado aún peor que el mío.

––Inconmensurable, usted es un tipo inconmensurable de esos que tanto escasean y por el que yo (en tiempos lejanos) me habría partido la cara… no me mire así, hombre, y deme unas monedas para llenar el estómago. Sea también inolvidable, al menos hasta mañana.

Y reanudo el paseo o como quiera que se llamen esos movimientos del que son responsables mis piernas y los pies… ya lo sé... y el cerebro es el rey que, a veces, no ordena como debiera y me lanza hacia una esquina cuando lo que pretendía era detenerme junto a ese banco. Un banco en un parque y junto a una fuente de cuyo caño sale un ridículo hilillo de agua que no trato de probar porque alguien me está observando y cuando sé que me miran prefiero morir de sed. Vale, resulta la mar de exagerado, pero es algo parecido a la mirada que debe tener un forense cuando en la mesa número cuatro le está esperando un cadáver y recuerda que al finalizar su turno tiene una cita con el oncólogo porque hay una molestia que no se va, que no quiere desaparecer desde aquel día…

¿Dónde se ha metido el tipo del parque? De repente me he ‘perdido’ entre una nube de pasos, he contado hasta cien y luego sin darme cuenta escribí unas líneas, levanté la cabeza y no había nadie. Claro, si es que tengo un cerebro en el que no cabe ni una cómoda minimalista y una cabeza en la que encajo un borsalino de puro milagro. Pues ahora que me he vuelto a levantar creo que iré hasta uno de los pocos sitios donde soportan mi presencia y poco les importa que yo les salude; llegar y pedir algo de comer para, concluido el rito, escribir sin embadurnar una sola cuartilla.




––Tengo tanto trabajo que no podré ir al especialista ¿para qué? si estoy seguro de que no es nada, sólo el miedo irracional al dolor propio del que somos deudores de otros que sufrieron lo indecible sin que nadie consolara sus atribulados espíritus.–– Pasa el tiempo y ese dolor que no cesa.

Bueno, creo que he cumplido por hoy sin que haya que lamentar desgracias personales, aunque sin darme cuenta he avanzado dos veces cien metros (una irregularidad que anoto en un margen de la página seis). Regreso a ese parque de la fuente con un ridículo hilillo de agua porque me coge de paso, de los pasos que doy; siento que alguien se ha fijado en mi presencia, pero esta vez me armo de valor y acepto la ‘invitación’: clavo mis ojos en él mientras sujeto firmemente el bloc. La fuente ha dejado de funcionar y el ruido que hasta hace un instante lo inundaba todo, ha cesado. Creo que esa persona se acaba de mover y ahora me atrevería a confirmar que se encuentra a unos cien metros de distancia y si no fuera porque hace tiempo me acostumbré a vivir ignorando a mis iguales, diría que por sus mejillas corre un líquido brillante (tal vez esté más cerca de lo que creo); supongo que la palabra que busco es interactuar pero en el tercer párrafo escribo “la soledad es un arma que utilizada convenientemente, destruye sin dejar huellas… ni una pizca de ADN”.
Debería reanudar la marcha pero mi cerebro, sí, ese mismo del que hablé hace un rato, no se da por aludido y prefiere estar a pierna suelta, escarranchado sin un ápice de remordimiento. El hombre que me mira baja la cabeza y saca un papel del bolsillo derecho de su chaqueta; lo ha mirado unas cuantas veces, luego se ha quitado las gafas y otra vez observo ese brillo que recorre…

––No hay mucho que añadir: metástasis. A lo mejor debería emprender un viaje o llevar el coche a la ITV, o reparar el mueble del baño o sentarme junto a los recuerdos y dejar que todo acabe; o acercarme a ese señor que está junto a la fuente. Tal vez.