lunes, 15 de mayo de 2017

La tiranía como fundamento liberador: Breve ensayo en negro

Me llamo Ernesto de Overdrojgen y estoy apurando los últimos días de mi existencia. Nadie podrá decir que fui una mala persona pero jamás escucharán que de boca humana salga un simple halago. Cuando muera, no solo el polvo cubrirá mi ataúd, una espesa capa de olvido se posará sobre la memoria. La mía es, simplemente, la muerte definitiva. Mas, antes de tan aciago día quiero dejar constancia de una idea por la que daría la vida, aunque mil vidas costara.
Los humanos somos una especie algo compleja —sostener lo contrario tiene buena prensa entre las hordas binarias— aunque no tanto si repasamos algunos momentos de nuestra ¿larga, intensa y llena de matices? existencia en esta bola. Me atrevo a decir que en esos episodios, las amebas e incluso las repulsivas cucarachas, nos han superado en la toma de decisiones; han demostrado una envidiosa capacidad de análisis y una pasmosa facilidad para decantarse por las decisiones adecuadas según el contexto. Mientras tanto, y en situaciones parecidas, los hombres han optado por la lágrima fácil y la búsqueda de una deidad que tuviese todas las respuestas a dudas que ni siquiera sabíamos que existieran: Los dioses, aún menos (me refiero a las dudas).
Pero este modesto introito no tiene otra justificación que la de servir de punzante introducción al tema sobre el que gravitan mis pensamientos en estos últimos tiempos, exactamente desde aquel año en el que en España hizo acto de presencia en plazas, parques, ensanches y circunvalaciones el movimiento de la gente; pero no de unos cualquieras, aquella época primaveral sirvió para expandir la semilla (abejas obreras de los quinientos euros mediante) que tras el proceso de germinación facilitó que los otrora capullos terminaran por eclosionar en coloridas flores en un hábitat la mar de divergente.
¿Y por qué estoy haciendo esta reflexión? porque un día encontré en una librería de viejo un minúsculo libro de algo más de doscientas páginas escrito, según me dijo un experto, en un Latín rudimentario. Aquel conjunto de palabras sostenía como columna vertebral la tesis según la cual el avance social sólo es factible siempre que se haya vivido bajo la más cruel de las tiranías, porque de lo contrario los hombres “nos dejamos mecer por el sopor de la vagancia” y añadía que ese era el “camino para dejar las puertas abiertas al mal que se enquistará en nuestras almas por siempre.” y concluía afirmando: “Ignorantia autem odium, et nos cace sumus.”

Algo confundido y por qué no confesarlo, también con una sonrisa de lado a lado, me perdí por frondosas alamedas meditando sobre lo que había leído cuando al pasar junto a un templo mi ojos se fijaron en una pared donde rezaba: “La mejor forma de predecir el futuro es inventarlo.” Cuando estaba buscando el sentido exacto al texto oí un grito que provenía del interior del templo, alarmado, me dirigí hasta allí ignorando —pobre imbécil— que esa decisión iba a cambiar mi vida.

Entiendo, a pesar de los reproches que me dispensó toda mi familia, que la tiranía fomenta, sin duda, la cohesión social entre los grupos que históricamente han mantenido enfrentamientos cuyos objetivos eran, por un lado, materializar la mejora de sus condiciones de vida, desde la mera supervivencia hasta consolidación de todo el corpus de derechos y obligaciones; mientras que la batalla del grupo dominante ha pivotado alrededor de no perder excesivamente o ceder lo justo dentro de un orden ––ahora lo llamarían posicionamiento estético––. Pero esa convergencia de intereses no es menos importante si nos referimos a los iguales, que por diversas razones se fueron organizando en subgrupos dizque por un plato de lentejas, o tal vez por un techo de hojalata. Vamos, que se ahondaron las contradicciones a mayor ‘gloria’ del comprador y éxtasis del vendedor.
Pero qué mejor forma de entender mi planteamiento que ilustrando lo dicho anteriormente… pero aviso que cualquier parecido con la realidad a lo peor no es pura coincidencia. No obstante, aunque muchos ejemplos salpican los anaqueles de la historia ruego cierto margen de comprensión occidental.
Imaginemos una nación próspera —pero sin pasarse— gobernada de forma alternativa por dos organizaciones políticas preocupadas por el bien común de unos pocos aunque la mayoría tuviera la percepción —alucinación colectiva— de todo lo contrario. Pues bien, esa nación prosigue su devenir histórico y sentimental mientras que en los cimientos, unos pocos que formaban parte de la estructura, hartos de esperar su turno, aprecian grietas y ¡oh diosa de la Fortuna! ven la luz: Llegó el momento de la emancipación, se acabarán las injusticias porque los que estaban bajo el yugo de los poderosos se transformarán en la bota que los aplastarán y allí surge el sátrapa de sonrisa embaucadora rodeado de un número limitado de cortesanos (hijos de puta en estado puro). Es posible que hasta el propio Darwin derramara unas lágrimas, preguntándose de qué sirvieron las fatigas en el Beagle.
Alcanzado el gran objetivo liberador y entronizado el líder, lo demás llegó por pura inercia, desde los múltiples comités para la defensa de esto, lo otro y lo de más allá, hasta el primer discurso septembrino en ese organismo supranacional validador de obviedades en cuya fachada acristalada se reflejan las aguas del East River.

Hasta llegar a la puerta del templo los gritos se habían repetido en dos ocasiones y parece que el único que se había enterado era yo si consideramos que tanto un grupo de neozelandeses en viaje cultural como otro de alumnos del cercano seminario estaban enfrascados en un intercambio de insultos dignos de una sociedad moderna. Pero cuando alguien se compromete ¿qué importa el entorno?
A mitad de camino entre la pila bautismal y el altar pude ver lo que al principio me pareció un cuerpo tendido, pero al acercarme mi corazón se encogió: entre un gran charco de sangre una mujer sangraba por el cuello mientras protegía entre sus brazos a un bebé decapitado. Y estos horrores ocurren, y hay que contarlos sin medias tintas porque yo he mirado a la muerte una y cien veces; porque me ha rozado, robado y porque la muy ramera siempre está amenazando.

De vueltas a mi ensayo y refiriéndome al asentamiento del proceso revolucionario, no puedo dejar de señalar que tanto el líder supremo como su grupo van aumentando la presión sobre los oligarcas que extrañados por semejante desatino (¿para eso financiaron a esos palurdos?) descubren, que de perdidos al río, no hay mejor pose que subirse al carromato —sobrios— y enarbolar la enseña patria que hasta ese instante era objeto decorativo. Sus hijos, nietos o hermanos con edad de merecer se enfundan pantalones vaqueros, camisetas de un blanco virginal y gritan ¡Libertad! Y se juntan con parte del pueblo; y se enfrentan a parte del pueblo y se reconvierten en sujetos que sudan glamour mientras ofrecen ruedas de prensa. Y el mundo los observa y se establecen los bandos; de las filias y las fobias no se escapan ni las vías pecuarias que van desde las islas Aleutianas hasta Ontario y desde las Malvinas pasando por Gibraltar hasta hacer parada y fonda en alguna plaza Mayor.
Del otro lado del tablero están los tiranos, que hace tiempo que incineraron sus caretas y de estupor andan: bien, gracias; reclaman la solidaridad internacional, pero esos déspotas desconocen que están incubando el virus que ralentizará, que acabará con su proyecto. No saben que han hecho las veces de catalizador entre los grupos dominante y el de servicios varios. Pero esa confluencia no es otra cosa que una alucinación cuyos efectos pasarán al día siguiente de enterrar los restos del paraíso, porque no hay mejor ocasión para unir voluntades que vivir entre tiranos: La democracia alcanza todo su sentido.

Los restos de guantes de látex y gasas además de la cinta policial que delimita la zona junto a la presencia de varias personas, conforman el decorado del templo. Y envolviendo la escena hay tanto silencio, que me atrevo a confirmar que se parece mucho al que percibía un minuto antes de que introdujesen mi cadáver en una bolsa de plástico.




viernes, 17 de febrero de 2017

Cien metros

Avanzar cien metros con la esperanza de atrapar un poco de realidad o de cómo sea que se llame, tomar notas y reiniciar el camino; esa es la única razón que me mantiene con vida, porque suponer (y eso cansa hasta la náusea) que respirar, saludar al vecino o caer en un estado comatoso gracias al alcohol es vivir, denota en quien lo piensa, un estado aún peor que el mío.

––Inconmensurable, usted es un tipo inconmensurable de esos que tanto escasean y por el que yo (en tiempos lejanos) me habría partido la cara… no me mire así, hombre, y deme unas monedas para llenar el estómago. Sea también inolvidable, al menos hasta mañana.

Y reanudo el paseo o como quiera que se llamen esos movimientos del que son responsables mis piernas y los pies… ya lo sé... y el cerebro es el rey que, a veces, no ordena como debiera y me lanza hacia una esquina cuando lo que pretendía era detenerme junto a ese banco. Un banco en un parque y junto a una fuente de cuyo caño sale un ridículo hilillo de agua que no trato de probar porque alguien me está observando y cuando sé que me miran prefiero morir de sed. Vale, resulta la mar de exagerado, pero es algo parecido a la mirada que debe tener un forense cuando en la mesa número cuatro le está esperando un cadáver y recuerda que al finalizar su turno tiene una cita con el oncólogo porque hay una molestia que no se va, que no quiere desaparecer desde aquel día…

¿Dónde se ha metido el tipo del parque? De repente me he ‘perdido’ entre una nube de pasos, he contado hasta cien y luego sin darme cuenta escribí unas líneas, levanté la cabeza y no había nadie. Claro, si es que tengo un cerebro en el que no cabe ni una cómoda minimalista y una cabeza en la que encajo un borsalino de puro milagro. Pues ahora que me he vuelto a levantar creo que iré hasta uno de los pocos sitios donde soportan mi presencia y poco les importa que yo les salude; llegar y pedir algo de comer para, concluido el rito, escribir sin embadurnar una sola cuartilla.




––Tengo tanto trabajo que no podré ir al especialista ¿para qué? si estoy seguro de que no es nada, sólo el miedo irracional al dolor propio del que somos deudores de otros que sufrieron lo indecible sin que nadie consolara sus atribulados espíritus.–– Pasa el tiempo y ese dolor que no cesa.

Bueno, creo que he cumplido por hoy sin que haya que lamentar desgracias personales, aunque sin darme cuenta he avanzado dos veces cien metros (una irregularidad que anoto en un margen de la página seis). Regreso a ese parque de la fuente con un ridículo hilillo de agua porque me coge de paso, de los pasos que doy; siento que alguien se ha fijado en mi presencia, pero esta vez me armo de valor y acepto la ‘invitación’: clavo mis ojos en él mientras sujeto firmemente el bloc. La fuente ha dejado de funcionar y el ruido que hasta hace un instante lo inundaba todo, ha cesado. Creo que esa persona se acaba de mover y ahora me atrevería a confirmar que se encuentra a unos cien metros de distancia y si no fuera porque hace tiempo me acostumbré a vivir ignorando a mis iguales, diría que por sus mejillas corre un líquido brillante (tal vez esté más cerca de lo que creo); supongo que la palabra que busco es interactuar pero en el tercer párrafo escribo “la soledad es un arma que utilizada convenientemente, destruye sin dejar huellas… ni una pizca de ADN”.
Debería reanudar la marcha pero mi cerebro, sí, ese mismo del que hablé hace un rato, no se da por aludido y prefiere estar a pierna suelta, escarranchado sin un ápice de remordimiento. El hombre que me mira baja la cabeza y saca un papel del bolsillo derecho de su chaqueta; lo ha mirado unas cuantas veces, luego se ha quitado las gafas y otra vez observo ese brillo que recorre…

––No hay mucho que añadir: metástasis. A lo mejor debería emprender un viaje o llevar el coche a la ITV, o reparar el mueble del baño o sentarme junto a los recuerdos y dejar que todo acabe; o acercarme a ese señor que está junto a la fuente. Tal vez.