viernes, 17 de febrero de 2017

Cien metros

Avanzar cien metros con la esperanza de atrapar un poco de realidad o de cómo sea que se llame, tomar notas y reiniciar el camino; esa es la única razón que me mantiene con vida, porque suponer (y eso cansa hasta la náusea) que respirar, saludar al vecino o caer en un estado comatoso gracias al alcohol es vivir, denota en quien lo piensa, un estado aún peor que el mío.

––Inconmensurable, usted es un tipo inconmensurable de esos que tanto escasean y por el que yo (en tiempos lejanos) me habría partido la cara… no me mire así, hombre, y deme unas monedas para llenar el estómago. Sea también inolvidable, al menos hasta mañana.

Y reanudo el paseo o como quiera que se llamen esos movimientos del que son responsables mis piernas y los pies… ya lo sé... y el cerebro es el rey que, a veces, no ordena como debiera y me lanza hacia una esquina cuando lo que pretendía era detenerme junto a ese banco. Un banco en un parque y junto a una fuente de cuyo caño sale un ridículo hilillo de agua que no trato de probar porque alguien me está observando y cuando sé que me miran prefiero morir de sed. Vale, resulta la mar de exagerado, pero es algo parecido a la mirada que debe tener un forense cuando en la mesa número cuatro le está esperando un cadáver y recuerda que al finalizar su turno tiene una cita con el oncólogo porque hay una molestia que no se va, que no quiere desaparecer desde aquel día…

¿Dónde se ha metido el tipo del parque? De repente me he ‘perdido’ entre una nube de pasos, he contado hasta cien y luego sin darme cuenta escribí unas líneas, levanté la cabeza y no había nadie. Claro, si es que tengo un cerebro en el que no cabe ni una cómoda minimalista y una cabeza en la que encajo un borsalino de puro milagro. Pues ahora que me he vuelto a levantar creo que iré hasta uno de los pocos sitios donde soportan mi presencia y poco les importa que yo les salude; llegar y pedir algo de comer para, concluido el rito, escribir sin embadurnar una sola cuartilla.




––Tengo tanto trabajo que no podré ir al especialista ¿para qué? si estoy seguro de que no es nada, sólo el miedo irracional al dolor propio del que somos deudores de otros que sufrieron lo indecible sin que nadie consolara sus atribulados espíritus.–– Pasa el tiempo y ese dolor que no cesa.

Bueno, creo que he cumplido por hoy sin que haya que lamentar desgracias personales, aunque sin darme cuenta he avanzado dos veces cien metros (una irregularidad que anoto en un margen de la página seis). Regreso a ese parque de la fuente con un ridículo hilillo de agua porque me coge de paso, de los pasos que doy; siento que alguien se ha fijado en mi presencia, pero esta vez me armo de valor y acepto la ‘invitación’: clavo mis ojos en él mientras sujeto firmemente el bloc. La fuente ha dejado de funcionar y el ruido que hasta hace un instante lo inundaba todo, ha cesado. Creo que esa persona se acaba de mover y ahora me atrevería a confirmar que se encuentra a unos cien metros de distancia y si no fuera porque hace tiempo me acostumbré a vivir ignorando a mis iguales, diría que por sus mejillas corre un líquido brillante (tal vez esté más cerca de lo que creo); supongo que la palabra que busco es interactuar pero en el tercer párrafo escribo “la soledad es un arma que utilizada convenientemente, destruye sin dejar huellas… ni una pizca de ADN”.
Debería reanudar la marcha pero mi cerebro, sí, ese mismo del que hablé hace un rato, no se da por aludido y prefiere estar a pierna suelta, escarranchado sin un ápice de remordimiento. El hombre que me mira baja la cabeza y saca un papel del bolsillo derecho de su chaqueta; lo ha mirado unas cuantas veces, luego se ha quitado las gafas y otra vez observo ese brillo que recorre…

––No hay mucho que añadir: metástasis. A lo mejor debería emprender un viaje o llevar el coche a la ITV, o reparar el mueble del baño o sentarme junto a los recuerdos y dejar que todo acabe; o acercarme a ese señor que está junto a la fuente. Tal vez.