domingo, 11 de junio de 2017

Las paredes del recuerdo

Ahora

Hoy he cumplido ochenta años y no sé cómo he llegado hasta aquí. Hoy he vuelto a mirar las paredes que dicen ser de mi casa y sigo viendo en ellas algo ajeno; sé que sus esquinas y los ángulos muertos son los míos; que el baño es el mismo al que en la mayoría de las ocasiones acudo por obligación, y la cocina, esa puta esquiva por mi culpa, también mantiene sus señas de identidad. No tan lejos de allí se encuentra el dormitorio… Todos esos son los espacios de mi casa, las cuatro esquinas a las que mis ojos se acostumbraron hace mucho tiempo, pero siempre hay un momento en en el que se muestran ajenas, como si reivindicaran su sitio, su derecho de propiedad ante quien consideran un usurpador.
Creo que llevo algo más de dos horas sentado en el butacón y otra vez sobrevuelan recuerdos mientras fijo la mirada, lo poco que queda de ella, en las estanterías de la biblioteca. Allí están esos otros momentos de papel luchando para no sucumbir al polvo ––no recuerdo la última vez que pasé la bayeta–– creo que le debo un repaso a Cortázar, ese viejo cabroncete que me alegró aquellos dieciocho años en los que el poco bigote y la entrepierna caliente no ayudaban mucho, pero temo que no puedo decir lo mismo de Abel Posse (barroco él); Dios mío, cómo me hizo sufrir ese novelista. Aún recuerdo las pesadillas por la indigestión de ‘Los perros del paraíso’. Y si no fue esa novela, seguro que fue otra ¿A quién coño le importa ese detalle? ¿A las paredes de mi casa? ¡Que se queden con sus recuerdos! Pero que no intenten apropiarse de los ajenos… que tal vez sean ––también–– míos.

Es verdad, esta casa nunca se ha destacado por tener una gran iluminación natural, tanto es así que me da la impresión de que los rayos solares ––los pocos que tienen a bien visitar este huequito habitable–– aceleran su paso cuando otean mis ventanas. Sé que el sol no tiene capacidad para decidir a quién le toca en suerte sus calenturas ¿si creyera lo contrario estaría dando la razón a los que carecen de ella? Tengo ochenta años, y de pura casualidad, hoy es el día en el que me felicitaron por cumplir mi primer cuarto de siglo, fue una voz proveniente del otro lado de aquel teléfono rojo que presidía el mueble junto a la habitación de mi hermano en casa de mis padres. Es cierto, el tiempo pasa. Pero eso lo descubrí hace tiempo.

Ayer y anteayer

No sé muy bien cómo decir lo que pienso cuando hablo del ayer, si el ayer no se termina por confundir con el “hace un rato que acabé de desayunar”, se acaba enredando con los besos de mi madre cuando tenía siete años u ocho o diez y a punto de cumplir los once. No, no soy de los que idealizan a los progenitores, ni a los hermanos, primos hermanos o cualquier otro hijo de la gran puta que haya compartido apellidos y casi ningún recuerdo. Lo que pasa es que sí me apetece recordar un beso, o dos besos y el olor de su cuello, de su pelo; su cariño y el respeto entre ellos dos y para con nosotros, aunque muchos años después ––y continúo con el ayer–– alguien se hiciera acreedor del más despiadado de los olvidos: y no me refiero a ninguno de los dos; mi madre y mi padre.

Fueron quince años seguidos en otra casa, con sus días y sus noches; sus desvelos ––pocos pero inolvidables–– entre otras paredes, que ajenas al principio, terminaron doblegándose a los mimos de la brocha y al roce de los cuerpos. No es fácil meter en cintura a esas paredes, esquinas y ángulos muertos que se habían acostumbrado a velas de miseria y a susurros de nada más. Hasta las puertas tienen que aprender a diferenciar que un nuevo tacto poco tiene que ver con las patadas de antaño; deben comprender que serán abiertas o cerradas porque así es su destino y no por capricho del inquilino. Es cierto, los tabiques reclaman recuerdos como suyos y a veces exudan otros ajenos por esas grietas que cauterizamos pensando que son el resultado de la acción de un mal albañil, pero es el tiempo que sigue su camino, que nos adelanta en línea continua sin mirar por el retrovisor, mientras nosotros nos pasamos de cruce de tanto que nos admiramos en el espejo. Pero esta historia iba de una casa que no era nuestra, que tampoco era mía a pesar de que la hicimos nuestra de tanto vivirla.
A eso de un kilómetro existía otra vivienda, aquella del teléfono rojo reposando en un mueble junto al cuarto de mi hermano y en la que hasta cinco personas compartimos vidas en común y alguno que otro se guardó su vida, mas, nada tenía que esconder, la decisión llegó sola, a base de ir creando la costumbre que empieza un día con la primera intimidad de consumo propio a las que se unen más intimidades de consumo propio o colectivo, pero de ese colectivo ajeno al grupo hogareño ¿un galimatías? Bah, solo un ir y venir de recuerdos ––y a lo mejor hasta de presunciones–– del último en llegar por cariño e imperativo biológico.
Mi casa, la del ayer ¿o la de anteayer con sus boliches en una cajita, su parque a medio hacer y sus descampados desechos? Creo que me refiero a ésta última porque en ella se halla el principio, siempre y cuando no se convierta en el punto y final, porque esas cosas también pasan: Casi nacer, crecer ––risas, lágrimas...–– y el resto del equipaje compuesto por, y seré breve, un dolor en la espalda, otro dolor en el mismo sitio, pero más intenso acompañado del hospital, tu cara que empieza a no entender nada, y de repente la piel toma nota de la primera catástrofe; pura devastación porque sí, así de sencillo llega la más cruel de las noches alrededor de un ataúd, y falta el aire en el que hasta entonces no habías reparado. Primera ausencia, pero ni será la última ni la peor, habiendo sido intolerable.Y en este caso recuerdo el teléfono rojo que estaba reposando en un mueble junto a la habitación de mi hermano. Llegué primero, descolgué y lo demás qué importa, cuando es el momento de regresar al cuarto, cerrar la puerta y aprender a estar un poco muerto sin que nadie lo note, ni siquiera yo.

Ahora

Los esfuerzos físicos siempre me han resultado la mar de incomprensibles, mas si te conducen por un trayecto absurdo cuyo final no es otro que obligarte a regresar al punto de partida. No debería ser el caso tras veintiséis años recorriendo los cinco metros que separan mi casa del ascensor, pero también. Cuando hace dos minutos decidí alejarme del butacón lo hice con la esperanza de cruzar el umbral y dejar que las paredes hablen de sus cosas en la más estricta intimidad; que el sol penetre hasta donde le dé la gana y que los puntos muertos sueñen con algún final aunque de griegos tengan poco. Pero he abierto la puerta y un escalofrío ha recorrido mi espalda augurando el despertar de una ausencia, de esa inconmensurable ausencia, de esa ausencia insoportable. No puedo, jamás he podido… coño, lo que ocurre es que no quiero. No puedo instalar los restos de mi alma en eso que dieron en llamar ‘la fuerza de la costumbre’.
Rendido aunque no del todo desarmado, me doy por satisfecho y regreso al butacón, no sin antes haber rendido visita al baño y su esquiva fortuna, pasar por la cocina, beber un poco de agua y mirar un instante a través de las ventanas: algunas caras han cambiado y los acentos, también. Debo recordar que la muerte pervive y nos sobrevive.
Esto se acaba ––pero no ha concluido–– y es hora de avanzar una casilla no sea que la pared del fondo reclame un espejo para desvelar mis vergüenzas, que algunas tengo. Me refiero a permanecer aquí sentado observando unas manos con las que palpo ausencias ––solo una ausencia––. Y ahora el televisor escupe una sucesión de imágenes que me encandilan desde que llegó el primer aparato de esos a mi casa, pero a la casa del teléfono rojo. Fue un acontecimiento del ayer, que sin darme cuenta me lío y sin querer se abalanza la penumbra y luego pasan cosas que no deseo que ocurran; al menos con ochenta años me he ganado el derecho ––seré gilipollas–– a pastorear los pesares y los ángulos muertos.

Ojeando uno de los cuadernos que usé para tomar notas de cada libro que pasaba por mis manos, me encuentro con: “Echó una ojeada a la chica que dormía en una de las camas […] extrajo una automática […] una Ortigies calibre 7,65. Sacó el cargador...” Es de Salinger, se publicó dos años después de comprobar cuán hijo de puta era Holden Caulfield, son nueve cuentos cuya lectura no me dejó indiferente. Ahora releo esos apuntes y envidio a Salinger, pero sobre todo, añoro la firmeza de mi trazo emborronando las páginas; lo maniático que era ––aún conservo algo–– con respecto al espacio que debía ocupar cada nota, imagino que pensando en un futuro que se iba acercando sin pedir permiso. Cómo olvidar ese picor de ojos que ahora mismo me está tocando la moral, por no decir, los cojones. Vaya por Dios, casi me quedo traspuesto revisando unos papeles repletos de recuerdos, mas debo cumplir con la promesa hecha hace mucho tiempo, me costará Dios y ayuda pero tengo que cumplir.
En primer lugar, porque por algún sitio habrá que empezar, la limpieza dará buena cuenta de todas las facturas, recibos, albaranes, certificados de risa, instrucciones de uso y la madre que los parió; de eso no quedará ni el recuerdo. Como no es muy temprano, supongo que a mis adorables vecinos no les importará disfrutar de ese sonido tan intenso que produce la destructora de documentos. No recordaré desde cuándo la tengo, ni que número hace esta ––la costumbre de comprar barato–– pero la muy cabrona convierte un folio en unas tiras la mar de finas, que no hay policía científico en el mundo que sea capaz de reconstruir el documento. He mandado a las chacaritas unos dos mil papeles, de manera que ya no queda información útil para ninguno de los cotillas que habitan el orbe cristiano. Ocurre que aún falta el trago más duro y no sé si tendré ánimos para llevarlo a efecto.
Si cuando era un tipo joven me daba grima deshacerme hasta de los dípticos publicitarios, es comprensible que eliminar para siempre cualquier vestigio de carácter personal me resulte angustioso, porque se trata de borrar mi vida, nuestra vida; esta operación quirúrgica extirpará físicamente cualquier atisbo de relación con nuestro entorno, casi, desde la más tierna infancia; dejaremos de existir porque apenas existe un congénere que se acuerde de nosotros. Y claro, no quiero que nadie meta sus manos en nuestra existencia; niego la posibilidad de que alguien husmee en lo más recóndito del alma, de nuestra alma.

No ha estado mal, el almuerzo de hoy ha cumplido con las expectativas de cualquiera ––hace tiempo que renuncié a mortificarme––. Un potaje de berros, un poco de queso picante, la copa de vino (realmente me he soplado una botella) y el postrero café, me han animado a dar un paseo por la playa sin pisar la arena, alguna mierda de perro o tener que soportar la letanía del sempiterno borrachín con ganas de filosofar ¡Coño, las viejas costumbres no se mueren ni a hostias! a pesar de lo que dijera aquel cantamañanas de Fukuyama (con más cuento que Calleja) o un tal Daniel Bell ––¿cómo dejar pasar la oportunidad de darme el pisto?–– carguemos la frase a la cuenta esa de ‘por motivos de la edad’.
Casi no puedo abrir la puerta de la casa, afortunadamente rescaté un ápice de esa pericia que nunca me caracterizó y espoleado por unas terribles ganas de mear, el portón se abrió muy a su pesar, no obstante y tal vez fruto de mis neurosis, me pareció oír el murmullo de los tabiques más próximos a la puerta. Esos cabrones aprovechan cualquier oportunidad para intentar cobrarse la deuda de sus recuerdos; ¡qué coño!, son nuestros, son míos.

Sostengo una foto entre unas manos que no tienen memoria de la artritis, es una imagen pequeña en tamaño pero inconmensurable en todo lo demás y eso se nota en mis ojos y en los latidos del corazón, un músculo de cuyo funcionamiento dude en más de una ocasión. Ahora bombea los sentimientos de manera correcta; a cada sístole con algo de penumbra le corresponde una diástole con un ápice de luz. A veces me cabreo pero de pura inercia: vicios del pasado.
Hablaba de una foto porque es el último vestigio del pasado que ha soportado los embates de la destructora de documentos, por fin, he alcanzado mi objetivo: la casa es un erial de datos, un desierto de información personal; un páramo de identidades. No hay un solo papel ni soporte electrónico que de fe de quiénes fuimos, cuántas veces reímos ni por que lugares paseamos. Sé que no es exactamente así porque cuando llegue el día habrá alguien que aporte algún que otro dato a las autoridades, pero será información básica, restos de unas migajas (sí, he dicho lo que he dicho). En definitiva, serán unos datos que emborronarán varias líneas de un documento oficial. Nada nuevo bajo el sol del triste negociado de incidencias varias.
Pues eso, que ahora, de pie en el centro del salón recorro con la vista los estantes y no veo nada que diga quién fui, que delate nuestra existencia. Cierro la puerta, recorro esos metros de pasillo hasta el ascensor y salgo a la calle en un día soleado (es mentira) y doy un paso tras otro hacia la izquierda, después cambio el rumbo y me dirijo hacia el lado contrario y como me viene ocurriendo desde hace varios años, termino dando con mis huesos en la cafetería de la esquina.
Me siento y tras saludar a quien se deja, extraigo del interior de la chaqueta un bolígrafo y un cuaderno, fijo la mirada en ellos y sin darme cuenta empiezo a escribir: Hoy he cumplido ochenta años y no sé cómo he llegado hasta aquí.”





1 comentario:

  1. Es tierno y duro al mismo tiempo , al querer desaparecer sin dejar rastro de su persona y vida. Me asusta

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